Nada como estar en casa


Las mañanas de otoño soleadas me invitan siempre a salir al patio de casa a conversar con la naturaleza.Willis, mi gato, me sigue con la fidelidad de las pequeñas cosas eternas, como si temiera perderse un instante de nuestra compañía compartida. Es una sombra tibia que, sin proponérselo, siempre termina dándome luz.

Nos sentamos un rato al sol de la galería. Él se acicala con la delicadeza de quien conoce todos los secretos de la calma y, cada tanto, levanta la mirada para asegurarse de que sigo ahí, de que no me  desvanecí hacia otro mundo.

Entonces entiendo que, si la felicidad existe, debe parecerse mucho a este instante: el sol entibiándome la piel, el silencio respirando despacio, alguna bandurria levantando vuelo y mi gato amado recordándome que todavía pertenezco a la tierra.

Lo escribo en mi cuaderno para recordar estos pequeños placeres cotidianos que vuelven a la vida un lugar digno de ser habitado.

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